Durante mucho tiempo he cerrado los ojos, no queriendo ver. Siempre hay vendas transparentes que mienten.
No dejo de cantar. Y grito más allá. Con gallito incluído. O gallazo pero abriendo las comisuras como si no hubiera un mañana. La laringe es como un túnel por dónde se van todas las tristezas mías y de las que siento del mundo.
¿QUÉ SOMOS? ¿Quién nos abre los ojos cuando dormimos con antifaz para no ver las luces psicodélicas de series rojas y verdes, llenas de sangre y muerte?
Si o si, vuelvo a la máscara. A pesar de que me había prometido ser yo. Me lo recuerdo cada vez que me levanto. No hay justificación. Pero siempre, de alguna manera, vuelvo a estar en el círculo de esas hermosas máscaras venecianas, tan perfectas y, a la vez, tan engañosas.
Alguien me dijo que no tratara a todos como amig@s, sino como lo que son. Conocidos o vecinos. Debería tener miradas diferentes y ensayadas para tod@s ell@s. ¿Cómo se hace eso?
Encajar. Lo hice durante mucho tiempo. Fui alegre cuando alguien estaba triste, fui valiente cuando alguien tenía miedo a tirar para adelante, oía y escuchaba cuando alguien quería vomitar su dolor y si preguntaba, aconsejaba. Lo mejor que podía y sabía. Y abracé, siempre que mi carácter no me lo impidió.
Ser roca en la tierra es más difícil que serlo, tipo porespán, cómo en las películas de pega, antiguas. Me declaro porespán en potencia, volátil y vulnerable, que no admite cola de impacto porque se funde cómo helado a 40 grados.
Escribo hoy, si, tímidamente. Encontrando en la voz y la música, la quinta dimensión de la que todo el mundo habla. Y es mi salvación.
Ojalá tod@s nosotr@s encontremos nuestra forma de seguir mirando la realidad con nuestra propia sub-realidad. Sea la quinta, sexta o duodécima dimensión.
Cada un@ la suya.
Ojalá.
Fotografía: @jorgebergosmoreno

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